


Ofrece un entorno tranquilo, romántico, cálido y único. El Antigua (que se llama así por estar decorado con muebles antiguos) es uno de los restaurantes más inesperados que yo he visto en Barcelona, porque de repente, eso que parece normal desde la calle, está lleno de sorpresas. De una carta variada y genial llena de ensaladas y pescados buenísimos, y de lo mejor: LOS POSTRES.
Buenísimo. Me encontré con un menú dibujado con tizas de colores en pizarra oscura, lo que suele ser signo de informalidad del local. Pero no es exactamente eso lo que te espera en Antigua: podréis disfrutar de los encantos de este restaurante de aires colonialistas. La mezcla de soportes de madera oscura para lámparas, un sofá cubierto de telas desgastadas y unas paredes que parecen reflejar acuarelas de paisajes de costa construyen con eficacia el envoltorio a una comida elaborada. ¿Y la comida? De primero, una alcachofa -a primera vista escasa, pero que resultó no serlo- cubierta con queso y aliñada con aceite y especies; suave, delicada, sabrosa. Como plato principal, pechuga de pato salvaje del Delta del Ebro, con risoto de guindas y fresas con una presentación magnífica. No soy nada de postres, pero el opera sprig a base de crema de café con cobertura de chocolate y frambuesas silvestres fue un placer.

Manel dijo
Y el risotto cremoso de boletus hummmmm, y los postres exquisitos
18 Mayo 2009 | 07:07 PM