La película de ciencia ficción del año, esa parece ser la definición que se va a adaptar mejor a este título. La dirige el hijo del mismísimo David Bowie (un músico muy de cine, todo hay que decirlo), Duncan Jones. Quizá este es el único referente que se puede dar de este director primerizo, que sólo cuenta con un cortometraje anterior a esto, pero si se mira bien, no es poco, conociendo el gusto por la ciencia ficción y el punto frikiglam que ha podido vivir desde niño.
El debut en el largometraje de Jones reflexiona sobre el tema de la identidad. Sam, interpretado por un enorme Sam Rockwell, es un hombre destinado a una estación lunar durante un tiempo de tres años. Sin embargo, cuando queda poco para que se reúna con su mujer y su hija en la Tierra, el astronauta descubrirá que no es el único humano en la base y que tampoco es la persona que cree ser. Su mundo se desmorona, mientras observa cómo la compañía que le contrató le tiene previsto un final de estancia nada agradable.
Con este argumento, Jones nos sumerge en una verdadera paranoia donde la línea de la verdad y la mentira no están claramente delimitadas. El protagonista vive en una mentira que tiene su base en algo que resultó ser verdad, aunque desgraciadamente ya no lo es. El ordenador, con su amable voz, y uno de sus imprevistos compañeros intentarán consolarle, aunque su destino esté previamente programado y no pueda escapar de él.
Jones nos muestra este drama humano sin espectacularizarlo. Es cierto que hay alguna escena en la que vemos los exteriores lunares, pero el realizador prefiere centrarse más en el propio personaje y en el aspecto impoluto, casi de gran hospital que tiene la estanción lunar, para mostrarnos la soledad en la que vive el protagonista
Definitivamente, Moon no es cine para adolescentes y sí para aquellos que piensen que la ciencia-ficción puede hacernos reflexionar sobre los grandes temas de la existencia humana
Ignoro qué le deparará el futuro a esta película a nivel comercial pero tuve una cosa clara desde el mismo momento en que abandoné la sala con los créditos en marcha y la banda sonora resonando en mis oídos. No tardará en convertirse en una película de culto.
